En 1854, el Papa Pío IX proclamó la Inmaculada Concepción dogma de fe. Sin embargo, esta doctrina tiene sus raíces en la tradición de la Iglesia y ya había sido abrazada desde antiguo por los cristianos.
La Inmaculada Concepción es una antigua fiesta de la Iglesia que se celebra el 8 de diciembre. A continuación, repasamos las características principales de esta festividad, el origen del dogma y por qué España ha tenido una relación especial con esta doctrina.
La fiesta

La Inmaculada Concepción hace referencia a la concepción de María en el seno de santa Ana: por una gracia especial, María fue concebida sin el pecado original con el que toda persona nace a consecuencia del de Adán. Esta doctrina no tiene ninguna relación con la concepción virginal de Jesús en el seno de María, contrariamente a lo que todavía muchas personas creen.
Precisamente porque hace referencia a la concepción de María (y no de Jesús), esta fiesta se celebra desde antiguo el 8 de diciembre, nueve meses antes de la fiesta de la Natividad de María, que se conmemora el 8 de septiembre.
El color de la festividad es el azul celeste. A pesar de que la fecha cae siempre en época de Adviento, España y los países hispanos pueden celebrar este día con el azul celeste como color litúrgico gracias a un privilegio especial concedido por el Papa Pío IX en 1864 (Decreto 4083 de la Sagrada Congregación de Ritos).
En España es fiesta de precepto, ya que la Inmaculada es patrona de España (no así la Virgen del Pilar, que es patrona de la Hispanidad).
El dogma
El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX proclamó la Inmaculada Concepción dogma de fe. Aunque no había sido proclamado dogma hasta entonces, era una doctrina en la que la Iglesia creía desde los albores del cristianismo, y de hecho ya había desde antiguo cofradías, congregaciones, monasterios y templos con este nombre, además de ostentar la Inmaculada diferentes patronazgos.
La proclamación del dogma se hizo a través de la carta apostólica “Ineffabilis Deus”. Tal y como señalaba Pío IX en este texto, “la Iglesia católica, que, instruida por el Espíritu de Dios, es columna y fundamento de la verdad, ha tenido siempre como divinamente revelada y como contenida en el depósito de la revelación celestial esta doctrina relativa a la inocencia original de la augusta Virgen, que está tan perfectamente en armonía con su maravillosa santidad y con su eminente dignidad de Madre de Dios; y como tal no ha cesado de explicarla, enseñarla y favorecerla cada día más, de muchas maneras y con actos solemnes”.
Pío IX también recordaba en “Ineffabilis Deus” que en el Concilio de Trento (1545-1563), al definir el dogma del pecado original, que afecta a todos los hombres, se especificaba que no se incluía en este “todos” a la Virgen María.
