Habrá que ver si cuando termine esta historia Adolfo Cambiaso pudo darse el “gran gusto”, pero nadie podrá negar que el polista de Cañuelas hizo lo que quiso y cambió para siempre la historia del polo.

Cambiaso es Maradona en otro deporte. Desde su aparición en escena, cambió el tablero del polo. Del día que el australiano Kerry Packer le dio un millón de dólares para que gastara en un casino a la pesquisa para rescatar al Colibrí, su caballo más querido, que había sido secuestrado y estaba a punto de ser faenado. Podemos sumar la tarde que llevó a la hinchada de Nueva Chicago a alentar a La Dolfina en una final de Palermo provocando la indignación de un grupo de señoras que hicieron un piquete en la Cancha 1 reclamando que los vándalos se comportaran.
“Soy un sapo de otro pozo”, decía Adolfito en esas épocas donde, desde las tribunas de La Catedral del Polo, hacían fuerza para que perdiera. Pero, sus mayores proezas son sus récords infinitos, claro.
El último gusto (o, mejor dicho, el próximo) que se dará a los 47 años será jugar el Argentino Abierto de Polo, el torneo más importante de su deporte, junto a su hijo Poroto (16 años.
El día que Cambiaso dejó de ser Adolfito
Año 2015. Poroto tenía diez años y Cambiaso, que ya contaba 40, ya sabía de qué se trata eso de los dolores lumbares e iniciaba la cuenta regresiva hacia el retiro. O al menos eso declaraba hacia afuera. El crack, que por esos días era el jugador más ganador en vigencia con 12 Abiertos de Palermo y más de 800 goles en el máximo torneo del “planeta polo”, se daba el gusto de su vida.
Ocurrió en Washington, el pequeño pueblito en Córdoba en el que el polista desarrolla gran parte de su cría de caballos.
Ese día, además de las crías de sus míticos petisos, al lado de Cambiaso cabalgó un potrillo que prometía. ¿Quién? Su hijo Poroto. Es que, aquel fin de semana perdido hace siete años Adolfo y Adolfito jugaron su primer torneo juntos. ¿Hace falta decir que llegaron a la final? No. Tampoco que su equipo Don John’s le ganó la final de la Copa Sancor por 15 a 6 a CASE Agriculture.
Las crónicas recuerdan que le dejó la camiseta número 1 a su hijo y se puso la 4. Y que surgieron predicciones. ¿Qué vaticinaban? Que si Poroto debutara a los 16 años en Palermo como lo hizo su padre podrían jugar juntos en la Catedral.
Adolfo (el papá) tuvo su primera vez en Palermo el 7 de noviembre de 1992 y ya empezó a romper récords: el del jugador más precoz en pisar (o cabalgar) esa mítica cancha y quebró la marca de goles en un partido del Abierto. Metió 16. Fue la confirmación de todo lo que se decía de él.
Un tiempo después el mismo Adolfo batiría su propia marca, aunque el mismo día Agustín Merlos metería 18 y se robaría ese podio.
