Daniel Olguín Reguera con Cacho Tirao en 1995 en Monte

LO HACE EN UN NUEVO ANIVERSARIO DE SU FALLECIMIENTO

Amigos de Cacho: la historia detrás del guitarrista que todos conocieron

Cada 5 de abril suele recordarse a Cacho Tirao por su virtuosismo y su trayectoria, pero hay otra historia, menos visible y profundamente significativa, que forma parte de su legado: la de los vínculos.

Tras el ACV sufrido el 16 de diciembre de 2000 en Adrogué, cuando la recuperación implicaba volver a vivir además de tocar, se formó a su alrededor una red concreta de afectos. Músicos, amigos y admiradores -cercanos y lejanos- no solo lo acompañaron emocionalmente: se organizaron, tocaron y trabajaron para sostenerlo.

Detrás del artista apareció el hombre, y detrás de él, una trama de relaciones forjada con los años. Este artículo propone mirar ese costado: el de la amistad y la solidaridad que lo rodearon cuando más lo necesitó, porque también ahí se mide la dimensión de un músico.

Un momento crítico y una red de apoyo concreto

En septiembre de 2002, mientras Cacho Tirao atravesaba su recuperación tras el ACV, se realizó una serie de conciertos solidarios en Buenos Aires, Rosario y Paraná para acompañarlo en su rehabilitación. El ciclo, que combinó homenaje artístico y ayuda económica, comenzó en el Auditorio de Radio Nacional -con transmisión de RAE- y culminó en la Scala de San Telmo con “Guitarreando un Cacho”, donde participaron, entre otros, Juanjo Domínguez, Enrique Boccacio y Juan Gallino; lo recaudado fue donado al propio Tirao.

Cacho Tirao con amigos que lo ayudaron en su difícil momento

En ese contexto, el guitarrista inglés David Caswell tuvo un rol central: participó en los cuatro conciertos con un repertorio dedicado a la obra de Tirao. Incluso proyectaba llevar estos homenajes a Londres. El propio Tirao agradeció públicamente el apoyo de músicos e instituciones como SADAIC y AADI, aunque también señaló la ausencia de algunas figuras locales.

La figura de Caswell, formada entre Inglaterra y la música argentina -influido por discos de Eduardo Falú, Atahualpa Yupanqui y Carlos Gardel-, se consolidó como un nexo clave: desarrolló una amistad cercana con Tirao y coordinó el disco Amigos de Cacho, cuya recaudación también fue destinada a él.

Junto a estos apoyos colectivos, hubo gestos individuales, como los de Oscar López Ruiz -ex integrante de los conjuntos de Astor Piazzolla- y Miguel Selinger, quienes acompañaron de cerca a Tirao en uno de los momentos más difíciles de su vida.

El renacer

El último trabajo discográfico de Cacho Tirao, Renacer (2007), es más que un disco: el testimonio de un proceso personal tras el ACV sufrido en 2000, que lo dejó entre operaciones, rehabilitación y la imposibilidad de tocar.

Grabado en 2006 bajo su dirección, reunió a un grupo cercano: Jorge Labanca, Hugo Zamora, Martín Lorenzo, Eduardo Velardi, Alejandro Bruschini, Juan Llanos, y las

voces de Alejandra Tirao y Daniel Castro. Todos ellos, junto a su entorno, fueron también sostén en su recuperación.

Tras años en que su vida fue rehabilitación -con una válvula aórtica reemplazada y una hemiplejia que afectó su lado izquierdo-, el impulso de sus afectos, entre ellos Labanca, Zamora, Velardi, Lorenzo, Castro, su hija Alejandra y su esposa Teresa, hizo que la guitarra volviera: primero como necesidad, luego como destino.

Hacia 2005, ya parcialmente recuperado, formó el grupo con el que grabaría el disco. El repertorio combina composiciones propias con obras de Astor Piazzolla y clásicos del cancionero popular, reafirmando su identidad musical en el regreso.

Renacer es así no solo un registro artístico, sino la expresión de una voluntad de volver a empezar y de la red humana que hizo posible ese regreso.

Lo que cuentan los que estuvieron ahí

En una charla del 5 de abril de 2022, entre Octavio Caruso y Hugo Zamora, aparecen escenas que no suelen figurar en biografías pero revelan quién fue Cacho Tirao. Zamora, formado entre lo académico y la experiencia, lo conoció gracias a Jorge Labanca en tiempos del Cuarteto Martínez Zárate: el primer encuentro fue en su casa, en un clima cotidiano y sin solemnidad.

Zamora describe un contexto difícil para la guitarra en Argentina, donde los vínculos eran clave. Allí, el nombre de Tirao resultaba “impresionante”: un músico popular, versátil, capaz de moverse entre distintos ámbitos, desde la televisión -como en Sábados Circulares de Pipo Mancera- hasta espacios más informales, sin perder nunca la cercanía ni el humor.

Esa dimensión humana también aparecía al formar grupos: más allá de lo técnico, Tirao evaluaba la convivencia y la química, inspirado incluso en dinámicas del quinteto de Astor Piazzolla. “Vamos a andar bien”, decía, pensando en lo colectivo.

En el mismo homenaje, Juan Gallino aporta otra mirada: detrás del virtuosismo había disciplina, estudio y un lenguaje propio, con armonías complejas que volvían su estilo casi imposible de imitar. Caruso lo resume como una “orquesta en cuatro dedos”, destacando además su versatilidad, capaz de acompañar a Sandro o tocar en Europa repertorio de Piazzolla.

En ese recorrido aparece David Caswell: desde Inglaterra comenzó a estudiar su obra en los años 90, y tras un intercambio epistolar logró conocerlo en 1997. Ese encuentro derivó en un vínculo profundo. “Es como que lo adoptó”, recuerda Gallino.

Esa marca también fue generacional: muchos, como el propio Gallino, se acercaron a la guitarra no por Andrés Segovia o Narciso Yepes, sino por Tirao, a quien veían en televisión.

En la voz de Labanca, el relato se vuelve íntimo. Lo conoció de chico, tocó para él La Catedral de Agustín Barrios en un camarín de Caño 14, donde cantaban María Martha

Serra Lima y Raúl Lavié. Desde ese día, la relación fue inmediata: Tirao le abrió su casa, sus partituras y su mundo musical, en un gesto de generosidad constante.

Labanca recuerda también la influencia de Hugo Guerrero Marthineitz en su difusión, y destaca la ayuda concreta que Tirao brindaba a músicos, plasmada incluso en proyectos compartidos como el dúo Tirao-Labanca. Algunas de esas obras sobrevivieron al ACV, junto a recuerdos íntimos como escuchar por primera vez “Milonga de Don Taco” en la cocina de su casa.

En sus últimos años, Tirao formó un septeto con Labanca y Zamora, incorporando voces como las de Alejandra Tirao y Daniel Castro, en un repertorio que combinaba lo instrumental con lo vocal. Labanca recuerda, por ejemplo versiones como Un sábado más, cantado por Daniel Castro, con un arreglo de Cacho que define como “tremendo” y profundamente tanguero.

Sobre el final, Labanca retoma el reconocimiento internacional -con menciones a John Williams, Eduardo Falú y Leo Brouwer-, pero vuelve a lo esencial: para él, nadie arregló el tango como Tirao.

Su conclusión no es técnica, sino formativa: estudiar, entender la historia y trabajar con humildad. Porque, como atraviesa todo el relato, es en esa combinación -talento, disciplina y generosidad- donde se construye una figura como la de Cacho Tirao.

Un legado que no se mide en notas

Tal vez en ese entramado de historias aparezca otra forma de entender la dimensión de Cacho Tirao.

No solo en su virtuosismo, en sus arreglos o en su lugar dentro de la guitarra argentina, ni únicamente en haber llevado el instrumento a públicos masivos o en haber construido un lenguaje propio.

Sino en algo menos visible: la huella que dejó en los otros. En músicos que lo admiraron, en quienes aprendieron de él sin ser alumnos, en los que lo conocieron de cerca y en aquellos que, incluso desde lejos, dedicaron años a estudiar su obra. En los amigos que lo acompañaron y en quienes organizaron conciertos cuando él ya no podía tocar.

Porque cuando llegó el momento más difícil, esa red apareció. Y no fue casual, sino el resultado de una vida atravesada por la música, pero también por la generosidad, el respeto y la cercanía.

Quizá por eso, a 85 años de su nacimiento, Cacho Tirao sigue presente: no solo en su obra, sino en esos gestos que aún resuenan en otros.

Daniel Olguin Reguera

Guitarrista y compositor