Cuando los sábados se bailaba en casa

Hubo una época en que para bailar no hacía falta un boliche, una pista iluminada ni un DJ. Alcanzaba con una casa, un grupo de amigos, algunos discos y la complicidad —más o menos disimulada— de los padres. Hace más de 60 años, los sábados podían tener un ritual muy particular para los adolescentes: el “asalto”.

Y que nadie se confunda por el nombre. No había delincuentes, ni corridas, ni sirenas. El “asalto” era una reunión de jóvenes que se hacía en la casa de alguno de los integrantes de la barra. Allí se conversaba, se escuchaba música, se comía, se bailaba y, sobre todo, se buscaba la oportunidad de acercarse un poco más a aquel chico o aquella chica que empezaba a gustarnos.

La costumbre se hizo especialmente popular entre fines de los años 50 y durante las décadas del 60 y 70. Investigaciones sobre la juventud argentina señalan que estas fiestas de fin de semana se organizaban en casas de familia y constituían una nueva forma de sociabilidad juvenil. Había, además, una regla no escrita que casi nadie discutía.

Las chicas llevaban la comida. Los varones, las bebidas.

Y así aparecían los sándwiches, las empanadas, las pizzas, las papitas, los palitos, los chizitos y alguna torta o algo dulce preparado en casa. Del otro lado llegaban las gaseosas y los jugos. Con el tiempo, en algunas reuniones también comenzaron a aparecer bebidas alcohólicas, aunque eso dependía mucho de la edad y de la permisividad de cada familia.

El lugar podía ser el comedor, el patio, el garaje o la habitación más grande de la casa. Se corrían algunas sillas, se despejaba el centro y, de pronto, aquello se transformaba en pista de baile.

Y entonces aparecía el Winco.

Aquel tocadiscos portátil se convirtió en uno de los grandes protagonistas de las reuniones juveniles. Los jóvenes llevaban sus discos, los intercambiaban y discutían cuál había que poner. El aparato podía reproducir simples y long plays y terminó convirtiéndose prácticamente en un símbolo de los bailes de entrecasa.

¿Y qué se bailaba?

Depende de qué año estemos recordando. En los primeros años 60 irrumpieron con fuerza el rock and roll, el twist y la llamada Nueva Ola. La música extranjera convivía con los artistas argentinos que comenzaban a convertirse en ídolos juveniles.

Sonaban Sandro, Palito Ortega, Johnny Tedesco, Los Cinco Latinos, Violeta Rivas, Chico Novarro, Leo Dan, Los Náufragos, Los Iracundos y Los Gatos, entre muchos otros. También podían aparecer Paul Anka, Nat King Cole y otros intérpretes internacionales.

Y después estaban los lentos.

Ahí cambiaba todo. El volumen podía bajar un poco, las parejas comenzaban a acercarse y más de uno encontraba finalmente el valor para invitar a bailar a quien venía mirando desde hacía una hora.

Porque aquellos bailes también eran una forma de conocerse. Los “asaltos” ofrecían a los adolescentes un espacio propio, aunque todavía bajo la mirada atenta de los adultos. En algunos lugares, incluso las madres acompañaban a sus hijas y se instalaban discretamente cerca de la reunión.

Hacia fines de los 60 y durante los 70 llegaron nuevos sonidos. El rock nacional fue ganando espacio y aparecieron grupos y solistas que cambiarían para siempre la música de los jóvenes argentinos. Más adelante llegarían la música disco, Fiebre de sábado por la noche, Grease y toda una nueva manera de bailar.

Pero el espíritu seguía siendo parecido.

Una casa prestada.

Un grupo de amigos.

Un Winco.

Unos cuantos discos.

Comida hecha en casa.

Gaseosas.

Y muchas ganas de bailar.

Tal vez por eso quienes vivieron aquellos años todavía recuerdan con una sonrisa aquella palabra que, vista desde hoy, parece tan extraña: “asaltos”.

Eran, en realidad, pequeños asaltos a la rutina.

Una manera sencilla de encontrarse cuando todavía no existían los celulares, las redes sociales ni los boliches para todas las edades.

Y quizá el verdadero objetivo no era bailar.

Era estar juntos.

Y, si la suerte acompañaba, conseguir aquel beso que podía convertir una tarde cualquiera de sábado en un recuerdo para toda la vida.